NOS HACEMOS PRÓJIMOS, UNO SE CONVIERTE EN PRÓJIMO: HOMILÍA DE LEÓN XIV DURANTE LA MISA EN LAMPEDUSA (04/07/2026)
Saludo del Santo Padre en respuesta al saludo del Alcalde
Señor Alcalde… gracias, gracias. Señor Alcalde, Excelencia, distinguidas autoridades, queridos hermanos y hermanas:
Agradezco al señor Alcalde por el saludo que me dirigió a nombre de la Comuna de Lampedusa y Linosa, y les agradezco a todos ustedes por su recibimiento.
El hecho de que hayan deseado llamar al Muelle Favaloro en honor al Papa Francisco es signo del vínculo que mi predecesor estableció con su comunidad y con los hermanos y hermanas migrantes: el Papa ha estado cerca en este tiempo muy exigente para ustedes. Y hoy estoy aquí para decirles que el Papa sigue acompañándolos, los apoya y los anima.
No he venido para decir discursos, sino para celebrar la Eucaristía, signo supremo de la presencia de Cristo en medio de nosotros. El gesto de Jesús que parte el pan para entregarse a asimismo da sentido y fuerza a nuestros gestos cotidianos de asistencia y en los que compartimos. Sí, este es un lugar en el cual, más que las palabras, hablan los gestos. Pero los gestos, para ser humanos, necesitan de un corazón. Por eso nos hemos reunido aquí: para tomar de Cristo el amor que sólo Él puede darnos, para que el mundo de hoy y de mañana sea más humano, más humano para todos.
Gracias.
Homilía
Queridos hermanos y hermanas:
Dios siempre es el primero en amarnos. La belleza del mar, de esta isla y de sus rostros es un reflejo de su iniciativa gratuita: el amor nos precede, nos rodea y nos reúne. Estoy agradecido al Señor por poder visitarles, siguiendo las huellas del Papa Francisco, que el 8 de julio de 2013 quiso venir a Lampedusa en su primer viaje como Sucesor de Pedro.
Los Apóstoles, como saben, navegaron por el Mediterráneo y experimentaron la hospitalidad de los habitantes de sus islas y de sus costas, desde hace milenios encrucijada de civilización. El Evangelio resuena donde los pueblos se encuentran, las personas son acogidas, sus vivencias se entrecruzan, las diversas culturas se ponen en diálogo. Se hace mudo, sin embargo, donde cada uno hace de sí mismo una isla, donde se evita el contacto, el intercambio se interrumpe. En este sentido, la parábola del buen Samaritano, que se acaba de proclamar, describe una historia que continúa (cf. Lc 10, 25–37) y la Encíclica Fratelli tutti nos ha ayudado a releerla en las dramáticas circunstancias históricas en las que todavía estamos inmersos. La Palabra de Dios es siempre para el hoy y nos lleva a una conversación de la cual salir transfigurados. ¿Cómo responderemos, entonces, al amor de quien nos ha amado primero?
Queridos amigos, hoy Lampedusa y Linosa se encuentran en un camino peligroso como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. v. 30). Aquí no han visto sólo a uno, sino a miles de seres humanos caídos en las manos de bandidos que los despojan de todo, los muelen a golpes y se van, dejándolos medio muertos (cf. Lc 10, 30). El mar ha acogido a los otros, a aquellos que no han logrado llegar a donde esperaban. Advertimos, sin embargo, su presencia, que nos interpela no menos que la de aquellos que han desembarcado, necesitados de atención y ayuda. Antes de cualquier consideración intelectual o convicción ideológica, el impacto con quien yace delante de nosotros, despojado de todo, llama a la proximidad. La Carta a los Hebreos nos ha dicho «Acuérdense […] de los que son maltratados, porque también ustedes tienen un cuerpo» (Heb 13, 3). ¡Es el centro de la parábola evangélica: nos hacemos prójimos, uno se convierte en prójimo (cf. Lc 10, 36-37)!
He venido a agradecerles, hermanos y hermanas de Lampedusa, por la proximidad que muchos entre ustedes han decidido ejercer. Ha sucedido una vez más el milagro de la compasión – «lo vio y tuvo compasión de él» (v. 33) – una revolución interior que hace brotar en nosotros el “sentir” de Dios y ensancha los pensamientos, el corazón y la vida. Digo gracias a los voluntarios, a las asociaciones reunidas en el “Forum Lampedusa Solidario”, a las instituciones civiles, a la Guardia Costera, a los Alcaldes y a las administraciones que se han sucedido en el tiempo; gracias a los diáconos, a los sacerdotes, a las religiosas, a los médicos, a los psicólogos, a los educadores; gracias a las fuerzas de seguridad y a todos aquellos que, con o sin el don de la fe, han decidido amar juntos. Sí, porque entre ustedes está el amor que se ha organizado, aquel amor del cual la compasión, que ve al hermano en el mar, es como el primer estremecimiento, la llamada profunda a atreverse a aquello que nunca se hubiese pensado. Saludo a las personas migrantes que están aquí: ellas mismas no han recibido solamente, sino que muchas veces ejercen la solidaridad en su viaje, como pobres que ayudan a los más pobres. Gracias, hermanos y hermanas, porque no hay nada que se pueda dar por sentado en su hacerse prójimos, nada automático.
La parábola nos lo relata: el amor está siempre en la libertad y la libertad está en las decisiones. Hay también quien elige no hacerse prójimo y quien decide no decidir. Los muertos en este mar son víctimas ya sea de decisiones tomadas o de decisiones omitidas. El desinterés por el bien común y la corrupción en los lugares de proveniencia, un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión, el miedo que alimenta prejuicios y desprecio, la idea de que dichos problemas no nos competen, los cálculos criminales de quien lucra con el drama de otros, el paso lento y difícil de una mera gestión de las emergencias a la elaboración de políticas orgánicas y compartidas: todo esto reproduce hoy, del relato evangélico, la prisa de “pasar de largo” (cf. vv. 31.32).
En la parábola, un sacerdote se encuentra allí «por casualidad» (v. 31) y, después de él, un levita. Los dos ven, pero pasan de largo. Desgraciadamente, en cualquier tiempo no falta quien tiene miedo de contaminarse por entrar en el contacto con los demás, negando así – incluso ante el sufrimiento y la muerte – el origen común en Dios, la infinita dignidad de cada ser humano y la llamada al amor sin límites. Es tiempo de reconocer y afirmar que la pertenencia religiosa nunca debe convertirse en motivo de discriminación, como si la fe tuviera límites y no fuera, en cambio, llamada universal a la salvación. Donde existían muros de separación, Cristo los ha derribado (cf. Ef 2, 14). No hay amor de Dios sin amor al prójimo, y no hay prójimo si yo no me acerco. Detenerse, conmoverse, abajarse, llorar ante el dolor de los demás – como hizo Jesús – significa entrar en el movimiento del amor, ese en el cual Dios se ha revelado.
Muy queridos todos, quien se deja llevar por esta dinámica de compasión, de misericordia, comienza a vivir de forma distinta, a ser ciudadano de forma distinta, a trabajar de forma distinta. Entonces puede surgir verdaderamente la civilización del amor, esa proyectada por mis santos predecesores Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II. Junto con un gran número de profetas y mártires del siglo pasado, ellos comprendieron que, a los abismos del corazón humano y a los horrores de la guerra, sólo la misericordia sabe responder con nuevos comienzos. Ahora, sobre los hombros de estos gigantes, hemos entrado en un milenio en el cual dar forma espiritual, cultural, jurídica, política, económica a la civilización del amor. Que la enormidad del dolor que observamos nos haga acoger la radicalidad de esta llamada.
Como el Samaritano, podemos cambiar programa y dirección. Más que el Samaritano tenemos recursos y oportunidades para dar concreción histórica a la esperanza. Él «se acercó, le vendó las heridas, derramando en ellas aceite y vino; después lo cargó sobre su cabalgadura, lo llevó a un albergue y se hizo cargo de él» (Lc 10, 34). Nosotros debemos igualmente reconocer que «la civilización del amor no nace de un gesto único y espectacular, sino de una suma de fidelidades pequeñas y tenaces, que actúan como barrera a la deshumanización» (Carta enc. Magnifica humanitas, 213). De esto, amigos de Lampedusa, ¡ustedes son testigos! Aquí, al encontrarme con ustedes, se entiende mejor nuestro tiempo y cada uno puede verificar la dirección de la propia vida. «Es cierto, no todos tienen el mismo poder para incidir sobre la realidad […]. Sin embargo, nadie está exento de responsabilidad. Cada uno dispone de un propio ámbito de acción, y ahí – no en otro lugar – está llamado a elegir si alimenta la lógica de la fuerza (incluso sólo con indiferencia, cinismo, mentira, odio); o si custodia la lógica de la paz (con verdad, sobriedad, proximidad, cuidado)» (ibid., 212).
Por ello, desde este extremo de Europa en el Mar Mediterráneo, se ve mejor el llamado de época que el fenómeno migratorio dirige a la sociedad europea. También por este aspecto – como por el de la transición ecológica y de la promoción de la paz – Europa posee un potencial único, que deriva de su historia y de su cultura y, por ello, una igual responsabilidad. Por su posición geográfica y por su estructura institucional, Europa es capaz – en esta área – de afrontar la crisis de modo orgánico, insertando los primeros auxilios en un plan estratégico de larga duración, capaz de acoger, proteger, promover e integrar a los migrantes y, al mismo tiempo, trabajar por el desarrollo, de tal forma que nadie se vea obligado a emigrar. Todo esto vigilando el respeto de la dignidad de cada persona. Es un deber de las instituciones públicas, pero también de toda la sociedad civil y de la Iglesia.
Hermanas y hermanos, como decía recientemente en Tenerife, durante el viaje apostólico a España, también en Lampedusa la cultura de la acogida tiene una vocación turística que – por desgracia – puede sentirse amenazada por las rutas migratorias y desarrollarse en la indiferencia, o incluso en contraposición a sus aspectos dramáticos. Para muchos, de hecho, las vacaciones sólo son distracción, ligereza, despreocupación. Entonces parece que se debe elevar un muro invisible entre el mar de los náufragos y el de los vacacionistas. Tengan la audacia de pensar de modo diferente. Poco a poco, con creatividad, lograrán que todo aquel que transcurre un período, incluso de descanso, en esta isla, pueda volverse más humano al medirse con su caridad, con lo que el mar les ha enseñado, con los encuentros que los han educado. Hay auténtico descanso, de hecho, en donde el sentido de la vida se reencuentra; hay verdadero bienestar cuando la economía es justa y fraterna. En esta economía, el cuidado de la creación y la amistad social se unen en una síntesis que la humanidad hoy está buscando.
La primera Lectura nos ha recordado que, practicando la hospitalidad, «algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles» (Heb 13, 2). Sean entonces, en lo pequeño, profecía de aquello a lo que podemos tender juntos a gran escala. Los beneficiados serán ustedes en primer lugar y sus familias, superando las divisiones y las divergencias que sólo la caridad puede disolver. Que la parroquia, en particular, sea una comunidad en donde, a la escuela del Evangelio, se aprende juntos a acoger, acompañar e integrar, en estilo de comunión.
Tenemos aquí, junto al altar, la imagen de la Virgen de Porto Salvo, patrona de Lampedusa. Saben quizás que a San Agustín le gustaba describir la vida humana como navegación por un mar en tempestad y su destino como un puerto salvo y seguro. No nos dejemos vencer por el miedo, sino miremos las dificultades cotidianas como un tiempo de oportunidad y testimonio. Que su fe, muy queridos todos, sea intensificada entonces por estos años de prueba y de compromiso generoso. Que esta venerada imagen vuelva a hablarles con la fuerza de un tiempo, en el que cuantos les han transmitido la devoción, se confiaban a la intercesión de la Virgen con radical sinceridad. Tenemos todos en Dios un puerto seguro, y cada comunidad cristiana está llamada a ser su reflejo en la tierra. Y a ustedes, comunidades de Lampedusa y Linosa, que nunca les falte el respiro de la fe, de la esperanza y de la caridad: “O’scià!” [Saludo típico de los habitantes de Lampedusa].

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