URGE EL TESTIMONIO DE SANTOS DE HOY: MENSAJE DE LEÓN XIV A LA SEMANA SOCIAL DE PERÚ (15/08/2025)
Saludo cordialmente a los participantes en la Semana Social, que se realiza en Lima del 14 al 16 de agosto. Agradezco la invitación que me han hecho mis hermanos Obispos para compartir unas reflexiones con todos ustedes.
Resulta evidente, a quien repase la historia del Perú, que aquellas tierras han sido acompañadas por un designio particular de la Providencia, sobre todo en cuanto a nuestra fe católica, que se ha profesado siempre en armonía con la atención y el servicio a los más necesitados. Sólo así puede entenderse la “densidad de santidad” que registra esa nación, tan cercana a mi ministerio y a mi plegaria. Los testimonios de vida mística, en Santa Rosa de Lima; de caridad ardiente, en San Martín de Porres; y de amor a los pobres, en San Juan Macías, hablan de una presencia vigorosa y fecunda del Evangelio, que nunca descuidó la oración por servir al prójimo, ni tampoco se olvidó de los pequeños mientras engrandecía y embellecía el culto debido al Dios eterno.
A este respecto, son iluminadoras las palabras de San Pablo VI en la canonización de Juan Macías: él «iba uniendo a todos en la caridad, trabajando en favor de un humanismo pleno. Y todo esto, porque amaba a los hombres, porque en ellos veía la imagen de Dios. ¡Cuánto desearíamos recordar esto a cuantos hoy trabajan entre pobres y marginados! No hay que alejarse del Evangelio, ni hay que romper la ley de la caridad para buscar por caminos de violencia una mayor justicia. Hay en el Evangelio virtualidad suficiente para hacer brotar fuerzas renovadoras que, trasformando desde dentro a los hombres, los muevan a cambiar en todo lo que sea necesario las estructuras, para hacerlas más justas, más humanas» (Homilía, 28 septiembre 1975).
Junto a estos tres grandes testimonios de vida cristiana que nos han legado los siglos XVI y XVII, y otros más que aún podrían mencionarse, ¿cómo no recordar el ministerio episcopal de Santo Toribio de Mogrovejo, español por nacimiento, pero evidentemente peruano por su actividad misionera y su extensísima labor pastoral? En el curso de su episcopado fundó un centenar de parroquias, convocó un Concilio Panamericano, dos consejos provinciales y doce sínodos diocesanos; todo ello mientras entregaba día a día lo mejor de sus fuerzas en favor de los abandonados y de quienes habitaban aquellas regiones geográficas o culturales que mi Predecesor, el Papa Francisco, llamaba “las periferias”. Podemos decir que Toribio fue, en el siglo XVI, el símbolo episcopal de la auténtica sinodalidad y del Evangelio ofrecido en las periferias. Las tierras peruanas lo vieron no sólo en el fragor de una acción apostólica que todavía hoy nos asombra; sino también en la quietud de su rostro sereno y su aspecto recogido y devoto, que mostraban bien de dónde le venía esa fuerza: de una intensa oración y unión con Dios.
Contemplemos ahora nuestro tiempo, atravesado por múltiples desafíos en el orden económico, político y cultural. El dolor por la injusticia y la exclusión que padecen tantos hermanos nuestros nos apremia a todos los bautizados a dar una respuesta que, en cuanto Iglesia, debe corresponder a los signos de los tiempos desde las entrañas del Evangelio. Para ello, urge el testimonio de santos de hoy, es decir, de personas que permanezcan unidas al Señor, como los sarmientos a la vid (cf. Jn 15, 5). Pues los santos no son adornos de un pasado barroco; surgen de un llamado de Dios para construir un futuro mejor. Comprendamos, al mismo tiempo, que toda acción social de la Iglesia ha de tener como centro y meta el anuncio del Evangelio de Cristo, de modo tal que, sin desatender lo inmediato, siempre conservemos la conciencia de la dirección propia y última de nuestro servicio. Pues si no damos a Cristo íntegro, estaremos siempre dando extremadamente poco.
Queridos hermanos y hermanas: no son dos amores, sino uno solo y el mismo, el que nos mueve a dar tanto el pan material como el Pan de la Palabra que, a su vez, por su propio dinamismo, habrá de despertar hambre del Pan del cielo, ese que sólo la Iglesia puede dar, por mandato y voluntad de Cristo, y que ninguna institución humana, por bien intencionada que sea, puede reemplazar. Y, por nuestra parte, no dejemos de recordar las palabras del Apóstol de los gentiles: «No nos cansemos de hacer el bien, porque la cosecha llegará a su tiempo si no desfallecemos» (Gal 6, 9).
Con el deseo de que estas jornadas sean fructíferas y contribuyan a dar un nuevo impulso a la pastoral social en esa querida Iglesia peruana, a todos imparto de corazón la implorada Bendición Apostólica.
Vaticano, 4 de agosto de 2025
LEÓN PP. XIV
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