NO DEJEMOS FUERA AL SEÑOR DE NUESTRAS IGLESIAS, NUESTRAS CASAS Y NUESTRA VIDA: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA CON LOS POBRES EN ALBANO (17/08/2025)

Este 17 de agosto por la mañana, el Papa León XIV presidió la Santa Misa en el Santuario de Santa María de la Rotonda en Albano, localidad vecina de Castel Gandolfo. Unas 250 personas entre sacerdotes, feligreses, personal de Cáritas, personas pobres, refugiadas en albergues, personas sin hogar y participantes de los Centros de Escucha de la Diócesis, asistieron a la celebración eucarística dentro del templo, mientras afuera unos 2,000 fieles, siguieron la liturgia a través de una pantalla gigante instalada en la plaza frente al Santuario. Sólo juntos – dijo el Santo Padre – siendo un único Cuerpo en el que aún el más frágil participa en plena dignidad, somos el Cuerpo de Cristo, la Iglesia de Dios. Reproducimos a continuación el texto de su homilía, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas:

Es una alegría encontrarnos juntos para celebrar la Eucaristía dominical, que nos regala una alegría aún más profunda. Si, de hecho, es ya es un don estar hoy cerca y vencer la distancia mirándonos a los ojos, como verdaderos hermanos y hermanas, es un don más grande vencer la muerte en el Señor. Jesús ha vencido a la muerte – el domingo es su día, el día de la Resurrección – y nosotros ya comenzamos a vencerla con Él. Es así: cada uno de nosotros viene a la iglesia con algunos cansancios y miedos – a veces más pequeños, a veces más grandes – y de repente estamos menos solos, estamos juntos y encontramos la Palabra y el Cuerpo de Cristo. Así, nuestro corazón recibe una vida que va más allá de la muerte. Es el Espíritu Santo, el Espíritu del Resucitado, el que hace esto entre nosotros y en nosotros, silenciosamente, domingo tras domingo, día tras día.

Nos encontramos en un antiguo santuario cuyos muros nos abrazan. Se llama “Rotonda” y la forma circular, como en la Plaza de San Pedro y como en otras iglesias antiguas y nuevas, nos hace sentir acogidos en el seno de Dios. Desde fuera la Iglesia, como toda realidad humana, puede parecernos áspera. Su realidad divina, sin embargo, se manifiesta cuando atravesamos su puerta y encontramos acogida. Entonces nuestra pobreza, nuestra vulnerabilidad y sobre todo los fracasos por los que podemos ser despreciados y juzgados – y en ocasiones nosotros mismos nos despreciamos y nos juzgamos – son finalmente acogidos en la dulce fuerza de Dios, un amor sin asperezas, un amor incondicional. María, la madre de Jesús, para nosotros es signo y anticipación de la maternidad de Dios. En ella nos convertimos en una Iglesia madre, que genera y regenera no en virtud de un poder mundano, sino con la virtud de la caridad.

Quizás puede habernos sorprendido, en el Evangelio que acabamos de leer, lo que dice Jesús. Nosotros buscamos la paz, pero hemos escuchado: «¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo, sino división» (Lc 12, 51). Y casi le responderíamos: «¿Pero cómo, Señor? ¿También tú? Ya tenemos demasiadas divisiones. ¿No eres precisamente tú el que dijo en la última cena: “Les dejo la paz, les doy mi paz”?». «Sí – nos podría responder el Señor – soy yo. Pero recuerden que esa tarde, mi última tarde, agregué inmediatamente a propósito de la paz: “No como la da el mundo, se las doy a ustedes. ¡Que no se turbe su corazón y que no tenga temor!” (Jn 14, 27)».

Queridos amigos, el mundo nos acostumbra a intercambiar la paz con la comodidad, el bien con la tranquilidad. Por eso, para que entre nosotros venga su paz, el shalom de Dios, Jesús debe decirnos: «Yo he venido a lanzar fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!» (Lc 12, 49). Quizás nuestros mismos familiares, como preanuncia el Evangelio, e incluso los amigos se dividirán en esto. Y alguno nos recomendará que no arriesguemos, que no nos desgastemos, porque lo importante es estar tranquilos y los demás no merecen ser amados. Jesús, en cambio, se sumergió en nuestra humanidad con valentía. Este es el «bautismo» del que habla (v. 50): es el bautismo de la cruz, una inmersión total en los riesgos que el amor implica. Y nosotros cuando, como se dice, “comulgamos”, nos alimentamos de este audaz don suyo. La Misa alimenta esta decisión. Es la decisión de ya no vivir para nosotros mismos, de llevar el fuego al mundo. No el fuego de las armas, ni tampoco el de las palabras que incendian a los demás. Esto no. Sino el fuego del amor, que se abaja y sirve, que opone el cuidado a la indiferencia y la mansedumbre a la prepotencia; el fuego de la bondad, que no cuesta como los armamentos, sino que gratuitamente renueva el mundo. Puede costar incomprensión, burlas, incluso persecución, pero no hay mayor paz que la de tener en nosotros su llama.

Por eso hoy quisiera agradecer, junto a su Obispo Vincenzo, a todos ustedes, que en la Diócesis de Albano se comprometen para llevar el fuego de la caridad. Y los animo a no distinguir entre el que asiste y el que es asistido, entre el que parece dar y el que parece recibir, entre el que se presenta pobre y el que siente la necesidad de ofrecer tiempo, capacidades y ayuda. Somos la Iglesia del Señor, una Iglesia de pobres, todos valiosos, todos sujetos, cada uno portador de una Palabra singular de Dios. Cada uno es un don para los demás. Derribemos los muros. Agradezco a quienes trabajan en cada comunidad cristiana para facilitar el encuentro entre personas distintas por su procedencia, por su situación económica, psicológica, afectiva: sólo juntos, sólo convirtiéndonos en un único Cuerpo en el que incluso el más frágil participa en plena dignidad, somos el Cuerpo de Cristo, la Iglesia de Dios. Esto sucede cuando el fuego que Jesús ha venido a traer quema los prejuicios, las prudencias y los miedos que siguen marginando a quienes llevan escrita la pobreza de Cristo en su propia historia. No dejemos fuera al Señor de nuestras iglesias, de nuestras casas y de nuestra vida. En los pobres, en cambio, dejémoslo entrar y entonces haremos paz también con nuestra pobreza, esa a la que tememos y negamos cuando buscamos a toda costa tranquilidad y seguridad.

Que interceda por nosotros la Virgen María, quien escuchó señalar al santo anciano Simeón a su Hijo Jesús como «signo de contradicción» (Lc 2, 34). Que sean revelados las pensamientos de nuestros corazones, y que el fuego del Espíritu Santo pueda hacerlos ya no corazones de piedra, sino corazones de carne.

Santa María de la Rotonda, ruega por nosotros.

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