CATEQUESIS DE LEÓN XIV: EL PERDÓN ES UN DON GRATUITO QUE IMPIDE OTRO MAL (20/08/2025)
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy nos detenemos en uno de los gestos más conmovedores y luminosos del Evangelio: el momento en el que Jesús, ofrece el bocado a quien está por traicionarlo. No es solamente un gesto de compartir, es mucho más: es el último intento del amor por no rendirse.
San Juan, con su profunda sensibilidad espiritual, nos cuenta así aquel instante: «Durante la cena, Cuando el diablo ya había puesto en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, traicionar […] a Jesús, sabiendo que había llegado su hora […] lo amó hasta el final» (Jn 13, 1-2). Amar hasta el final: esta es la clave para comprender el corazón de Cristo. Un amor que no se detiene ante el rechazo, la decepción, ni siquiera la ingratitud.
Jesús conoce la hora, pero no la sufre: la elige. Es Él quien reconoce el momento en que su amor tendrá que pasar a través de la herida más dolorosa, la de la traición. Y en lugar de retirarse, de acusar, de defenderse… sigue amando: lava los pies, moja el pan y lo ofrece.
«Es aquel para quien mojaré el bocado y se lo daré» (Jn 13, 26). Con este gesto sencillo y humilde, Jesús lleva adelante y hasta el fondo su amor. No porque ignore lo que ocurre, sino precisamente porque ve con claridad. Ha comprendido que la libertad del otro, incluso cuando se pierde en el mal, todavía puede ser alcanzada por la luz de un gesto manso. Porque sabe que el verdadero perdón no espera el arrepentimiento, sino que se ofrece primero, como don gratuito, incluso antes de ser acogido.
Judas, desgraciadamente, no comprende. Después del bocado – dice el Evangelio – «Satanás entró en él» (v. 27). Este pasaje nos impacta: como si el mal, hasta ese momento oculto, se manifestará después de que el amor mostrado su rostro más desarmado. Y precisamente por eso, hermanos y hermanas, ese bocado es nuestra salvación: porque nos dice que Dios así todo – justamente todo – para alcanzarnos, incluso en la hora en que nosotros lo rechazamos.
Es aquí donde el perdón se revela en todo su poder y manifiesta el rostro concreto de la esperanza. No es olvido, no es debilidad. Es la capacidad de dejar libre al otro, incluso amándolo hasta el final. El amor de Jesús no niega la verdad del dolor, pero no permite que el mal sea la última palabra. Este es el misterio que Jesús realiza para nosotros, en el cual también nosotros, a veces, estamos llamados a participar.
Cuántas relaciones se rompen, cuántas historias se complican, cuántas palabras no dichas quedan suspendidas. Sin embargo, el Evangelio nos muestra que siempre hay una forma para seguir amando, incluso cuando todo parece irremediablemente comprometido. Perdonar no significa negar el mal, sino impedirle generar otro mal. No es decir que no ha pasado nada, sino hacer todo lo posible para que no sea el rencor el que decida el futuro.
Cuando Judas sale de la sala, «era de noche» (v. 30). Pero inmediatamente después Jesús dice: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado» (v. 31). La noche sigue ahí, pero una luz ya ha comenzado a brillar. Y brilla porque Cristo permanece fiel hasta el final, y así su amor es más fuerte que el odio.
Queridos hermanos y hermanas, también nosotros vivimos noches dolorosas y fatigosas. Noches del alma, noches de la decepción, noches en la que alguien nos ha herido o traicionado. En esos momentos, la tentación es encerrarnos, protegernos, devolver el golpe. Pero el Señor nos muestra la esperanza que existe, existe siempre otro camino. Nos enseña que se puede ofrecer un bocado también a quien nos voltea la espalda. Que se puede responder con el de la confianza. Y que se puede seguir adelante con dignidad, sin renunciar al amor.
Pidamos hoy la gracia de saber perdonar, incluso cuando no nos sentimos comprendidos, incluso cuando nos sentimos abandonados. Porque es precisamente en esas horas en que el amor puede alcanzar su cumbre. Como nos enseña Jesús, amar significa dejar libre al otro – incluso para traicionar – sin dejar nunca de creer que incluso esa libertad, herida y perdida, puede ser arrancada del engaño de las tinieblas y entregada nuevamente a la luz del bien.
Cuando la luz del perdón logra filtrarse entre las grietas más profundas del corazón, entendemos que nunca es inútil. Aún si el otro no lo acoge, aún sí parece en vano, el perdón libera a quien lo entrega: rompe el resentimiento, restituye la paz, nos devuelve a nosotros mismos.
Jesús, con el gesto sencillo del pan ofrecido, muestra que toda traición puede convertirse en ocasión de salvación, si es elegido como espacio para un amor más grande. No cede al mal, sino que lo vence con el bien, impidiéndole a pagar lo que en nosotros es más verdadero, la capacidad de amar.
Comentarios