EN EL SÍ DE MARÍA SE PROLONGA LA FECUNDIDAD DE LA IGLESIA: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN (15/08/2025)
Hermanas y hermanos muy queridos:
Hoy no es domingo, pero de manera diferente celebramos la Pascua de Jesús que cambia la historia. En María de Nazaret está nuestra historia, la historia de la Iglesia inmersa en la humanidad común. Encarnándose en ella, el Dios de la vida, el Dios de la libertad ha vencido a la muerte. Sí, hoy contemplamos cómo Dios vence a la muerte, pero no sin nosotros. Suyo es el reino, pero nuestro es el “sí” a su amor que todo puede cambiar. En la cruz, Jesús libremente pronunció el “sí” que debía vaciar de poder a la muerte, esa muerte que aún se difunde cuando nuestras manos crucifican y nuestros corazones son prisioneros del miedo, de la desconfianza. En la cruz la confianza venció, venció el amor que ve aquello que aún no existe, venció el perdón.
Y María estaba; estaba allí, unida al Hijo. Podemos hoy intuir que María somos nosotros cuando no huimos, somos nosotros cuando respondemos con nuestro “sí” a su “sí”. En los mártires de nuestro tiempo, en los testigos de fe y de justicia, de mansedumbre y de paz, ese “sí” sigue viviendo y sigue enfrentando a la muerte. Así, este día de alegría es un día que nos compromete a decidir cómo y para quién vivir.
La liturgia de esta fiesta de la Asunción nos ha propuesto el pasaje evangélico de la Visitación. San Lucas transmite en esta página la memoria de un momento crucial en la vocación de María. Es hermoso regresar a ese momento en el día en que celebramos la meta final de su existencia. Toda historia, incluso la de la Madre de Dios, en la tierra es breve y termina. Pero nada se pierde. Así, cuando una vida se cierra, su unidad brilla más clara. El Magníficat, que el Evangelio pone en los labios de la joven María, ahora libera una luz de todos sus días. Un solo día, el del encuentro con su prima Isabel, contiene el secreto de cualquier otro día, de cualquier otra época. Y las palabras no bastan: es necesario un canto, que en la Iglesia sigue cantándose, «de generación en generación» (Lc 1, 50), al atardecer de cada día. La fecundidad sorprendente de la estéril Isabel confirmó a María en su confianza: le anticipó la fecundidad de su “sí”, que se prolonga en la fecundidad de la Iglesia y de toda la humanidad, cuando es acogida la Palabra renovadora de Dios. Ese día dos mujeres se encontraron en la fe, después permanecieron tres meses juntas para ayudarse, no sólo en las cosas prácticas, sino en un nuevo modo de leer la historia.
Así, hermanas y hermanos, la resurrección entra también hoy en nuestro mundo. Las palabras y las decisiones de muerte parecen prevalecer, pero la vida de Dios interrumpe la desesperación a través de experiencias concretas de fraternidad, a través de nuevos gestos de solidaridad. Antes de ser nuestro destino último, de hecho, la Resurrección modifica – alma y cuerpo – nuestro habitar en la tierra. El canto de María, su Magníficat, fortalece en la esperanza a los humildes, a los hambrientos, a los siervos trabajadores de Dios. Son las mujeres y los hombres de las Bienaventuranzas, que incluso en la tribulación ya ven lo invisible: los poderosos derribados de sus tronos, los ricos con las manos vacías, las promesas de Dios realizadas. Se trata de experiencias que, en cada comunidad cristiana, todos deberíamos poder decir que hemos vivido. Parecen imposibles, pero la Palabra de Dios sigue saliendo a la luz. Cuando nacen los vínculos con los que oponemos al mal, el bien; a la muerte, la vida; entonces vemos que nada es imposible con Dios (cf. Lc 1, 37).
A veces, lamentablemente, donde prevalecen las seguridades humanas, un cierto bienestar material y esa relajación que adormece las conciencias, esta fe puede envejecer. Entonces invade la muerte, en formas de resignación y queja, de nostalgia e inseguridad. En lugar de ver al viejo mundo terminar, se sigue buscando auxilio en él: el auxilio de los ricos, de los poderosos, que generalmente se acompaña con el desprecio de los pobres y los humildes. La Iglesia, sin embargo, vive en sus frágiles miembros, rejuvenece gracias a su Magníficat. También hoy las comunidades cristianas pobres y perseguidas, los testigos de la ternura y del perdón en los lugares de conflicto, los que trabajan por la paz y los constructores de puentes en un mundo hecho pedazos son la alegría de la Iglesia, son su permanente fecundidad, las primicias del Reino que viene. Muchos de ellos son mujeres, como la anciana Isabel y la joven María; mujeres pascuales, apóstoles de la resurrección. ¡Dejémonos convertir por su testimonio!
Hermanos y hermanas, cuando en esta vida “elegimos la vida” (cf. Dt 30, 19), entonces en María, asunta al cielo, tenemos razones para ver nuestro destino. Ella nos ha sido dada como el signo de que la Resurrección de Jesús no fue un caso aislado, una excepción. Todos, en Cristo, podemos engullir a la muerte (cf. 1 Cor 15, 54). Es verdad, es una obra de Dios, no nuestra. Sin embargo, María es ese entramado de gracia y libertad que nos impulsa a cada uno de nosotros a la confianza, a la valentía, a involucrarnos en la vida de un pueblo. «Grandes cosas ha hecho en mí el Todopoderoso» (Lc 1, 49); que cada uno de nosotros pueda experimentar esta alegría y dar testimonio de ella con un canto nuevo. ¡No tengamos miedo de elegir la vida! Puede parecer en general peligroso, imprudente. Cuántas voces están siempre ahí para susurrarnos: “¿Quién te obliga a que lo hagas? ¡Déjalo! Piensa en tus propios intereses”. Estas son voces de muerte. Nosotros, en cambio, somos discípulos de Cristo. Es su amor el que nos impulsa, alma y cuerpo, en nuestro tiempo. Como individuos y como Iglesia ya no vivimos para nosotros mismos. Es precisamente esto – y sólo esto – lo que difunde la vida y hace prevalecer la vida. Nuestra victoria sobre la muerte comienza desde ahora.
Comentarios