SIGUIENDO EL EJEMPLO DE MARÍA, CAMINEMOS CON ESPERANZA: ÁNGELUS EN LA SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN (15/08/2025)

El Papa León XIV, después de celebrar la Misa en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María en Castel Gandolfo este 15 de agosto, en la Parroquia Pontificia de Santo Tomás de Villanueva, presidio la oración del Ángelus con los fieles peregrinos que se dieron cita en la Plaza de la Libertad. En su reflexión antes de la oración mariana, el Pontífice aludió a la figura de María, “fuente viva de esperanza”, en versos de Dante Alighieri, el mayor poeta de la lengua italiana; y a través de los Padres del Concilio Vaticano II, quienes “dejaron un texto maravilloso sobre la Virgen María”. Compartimos a continuación el texto de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, feliz fiesta:

Los Padres del Concilio Vaticano II nos dejaron un texto estupendo sobre la Virgen María, que quiero releer con ustedes hoy, mientras celebramos la Solemnidad de su Asunción a la gloria del cielo. Al final del documento sobre la Iglesia, el Concilio dice así: «La Madre de Jesús, como en el cielo, en el que ya está glorificada en cuerpo y en alma, constituye la imagen y el inicio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la edad futura, así en la tierra brilla ahora ante el peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 P 3,10)» (Lumen gentium, 68).

María, que Cristo resucitado ha llevado consigo a la gloria en cuerpo y alma, resplandece como icono de esperanza para sus hijos peregrinos en la historia.

¿Cómo no pensar en los versos de Dante, en el último canto del Paraíso? En la oración que pone en boca de San Bernardo, que comienza: «Virgen Madre, hija de tu hijo» (XXXIII, 1), el poeta alaba a María porque aquí abajo, entre los mortales, es «de esperanza fuente viva» (ibid., 12), es decir, fuente viva, de la que brota la esperanza.

Hermanas y hermanos, esta verdad de nuestra fe es perfectamente coherente con el tema del Jubileo que estamos viviendo: “Peregrinos de esperanza”. El peregrino necesita una meta que oriente su viaje: una meta hermosa, atrayente, que guíe sus pasos y lo reanime cuando esté cansado, que reavive siempre en su corazón el deseo y la esperanza. En el camino de la existencia esta meta es Dios, Amor infinito y eterno, plenitud de vida, de paz, de alegría, de todo bien. El corazón humano es atraído por tal belleza y no es feliz hasta que la encuentra; y, en efecto, corre el riesgo de no encontrarla si se pierde en medio de la “selva oscura” del mal y del pecado.

Pero ahí está la gracia: Dios ha venido a nuestro encuentro, ha asumido nuestra carne, hecha de tierra, y la ha llevado consigo, simbólicamente decimos “al cielo”, es decir, con Dios. Es el misterio de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado para nuestra salvación; e inseparable de Él, está también el misterio de María, la mujer de la cual el Hijo de Dios tomó la carne, y de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Se trata de un único misterio de amor y, por tanto, de libertad. Como Jesús dijo “sí”, también María dijo “sí”, creyó en la palabra del Señor. Y toda su vida fue una peregrinación de esperanza junto al Hijo de Dios y suyo, una peregrinación que, a través de la Cruz y la Resurrección, la hizo alcanzar la patria, el abrazo de Dios.

Por eso, mientras estamos en camino, como individuos, como familia, en comunidad, especialmente cuando aparecen las nubes y el camino se hace incierto y difícil, levantemos la mirada, contemplémosla a ella, nuestra Madre, y volveremos a encontrar la esperanza que no defrauda (cf. Rom 5, 5).

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