PARA COMPRENDER PLENAMENTE NECESITAMOS SER ILUMINADOS: MEDITACIÓN DEL CARD. VÍCTOR MANUEL FERNÁNDEZ, PREFECTO DEL DICASTERIO PARA LA DOCTRINA DE LA FE (27/01/2026)
“No preguntes a la luz, sino al fuego”, fue la meditación que dirigió en la apertura de la Sesión Plenaria del Dicasterio para la Doctrina de la Fe este 27 de enero, el Cardenal Víctor Manuel Fernández. “Para comprender plenamente cualquier cosa necesitamos ser iluminados por Dios, nos hace falta invocarlo, orar, escucharlo, dejarnos guiar por Él en medio de las sombras”, dijo el Prefecto del Dicasterio en su meditación, cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:
“No preguntes a la luz, sino al fuego”
Meditación en la apertura de la Sesión Plenaria
del Dicasterio para la Doctrina de la Fe
27 de enero de 2026
En los últimos tiempos, en la oración, he escuchado una fuerte invitación a la humildad intelectual, recordando aquellas antiguas palabras: “Ubi umilitas ibi sapientia”. Quisiera comenzar nuestro encuentro, en este contexto de oración, con una invitación precisamente a esa humildad intelectual.
Dios ha dado al ser humano la capacidad del pensamiento, que tiene un alcance universal: se puede pensar el mundo, la historia, los orígenes, incluso se puede pensar a Dios. Sin embargo, esta capacidad universal del pensamiento no significa que las personas humanas tengan una capacidad de exhaustividad, de percepción integral de la realidad. Incluso con la ayuda de las tecnologías más poderosas imaginables, es imposible para una mente humana ser consciente de la realidad en su totalidad y en todos sus aspectos. Esto es posible sólo para Dios.
El problema es que, por esta razón, no podemos tener una comprensión integral ni siquiera de una pequeña parte de este mundo, porque esa misma parte sólo puede ser plenamente comprendida sólo a la luz de la totalidad en la que está integrada: todo está conectado.
Como consecuencia, somos incapaces de interpretar todos los significados y matices de una realidad, de una persona, de un momento histórico, de una verdad.
Tomás de Aquino explicó que la riqueza inagotable de Dios se expresa mejor en la riqueza del conjunto, cuya variedad proviene “de la intención del primer agente”, de modo que “lo que falta a cada cosa para representar la bondad divina se supla con las otras cosas”. Si hubiera en cambio una sola criatura, aunque perfectísima, eso sería una pérdida, porque la bondad de Dios “no puede ser representada adecuadamente por una sola criatura” (S. Th I, q. 47, art. 1; art. 2, ad. 1; art. 3). Por esta misma razón, explicaba el Papa Francisco: “necesitamos captar la variedad de las cosas en sus múltiples relacione. Entonces, se entiende mejor la importancia y el sentido de cualquier criatura, si se la contempla en el conjunto del plan de Dios” (LS 86).
Con otras palabras, San Juan de la Cruz exclamaba:
“Penetramos en la espesura de tus obras maravillosas […] cuya multitud es tanta y tan variada, que se puede llamar espesura. En ellas hay, de hecho, una sabiduría tan abundante y tan llena de misterios […] tan profunda e inmensa que, por más que se la conozca, el alma puede entrar siempre más adentro, porque ésta es inmensa y contiene riquezas incomprehensibles” (Cántico 36, 10).
Entre más avanzan la ciencia y la tecnología, más debemos mantener viva esa conciencia del límite, de nuestra necesidad de Dios para no caer en un terrible engaño, el mismo que llevó a los excesos de la Inquisición, a las guerras mundiales, a la Shoá, a las masacres en Gaza, todas situaciones que se justifican con argumentaciones falaces.
El problema es que lo mismo puede ocurrir en la vida de todos nosotros. De hecho, repetimos ese engaño viviendo demasiado seguros de lo que sabemos.
Esto nos llama a hacernos conscientes de dos cuestiones:
- Que para comprender plenamente cualquier cosa necesitamos dejarnos iluminar por Dios, debemos invocarlo, orar, escucharlo, dejarnos guiar por Él en medio de las sombras. La fe nos asegura que realmente podemos hacerlo, y que es realmente posible que Él nos ilumine para ver mejor. Confiamos en Él (credere Deo).
- Que debemos reflexionar, pensar, analizar la realidad, pero escuchando a los demás, acogiendo sus perspectivas que nos permiten percibir otros aspectos de la realidad misma, abrirnos a otros puntos de vista. Por esta razón, nos hace bien prestar atención a las “periferias” desde donde las cosas se ven de forma diferente.
En esta línea, el Papa León recientemente sostenía que “ninguno posee la verdad toda entera, todos la debemos humildemente buscarla, y buscarla juntos”. Como consecuencia, proponía “una Iglesia que no se encierra en sí misma, sino que permanece a la escucha de Dios para poder, de la misma forma, escuchar a todos” (Homilía para los Equipos Sinodales, 26 de octubre de 2025).
Naturalmente, esto es aún más cierto respecto a las verdades de la fe. Hoy, un teólogo normalmente posee conocimientos limitados a una disciplina teológica o a un tema aislado, mientras que los misterios de la fe están entrelazados en una preciosa jerarquía, en la que el todo es iluminado especialmente por aquellas verdades centrales que constituyen el corazón del Evangelio.
Ciertamente, en un lugar como este, donde tenemos la posibilidad de dar respuestas con autoridad, de escribir documentos que se convierten en parte del magisterio ordinario, e incluso de corregir y condenar, el riesgo de perder la amplitud de perspectivas es mayor. Pero la cuestión es más seria, porque hoy en día en cualquier blog, cualquiera, aunque no haya estudiado mucha teología, expresa su opinión y condena como si hablara ex cathedra. Es por eso por lo que debemos recuperar en toda la Iglesia ese sano realismo propuesto por los grandes sabios y místicos de la Iglesia.
Lo que se ha dicho con respecto a los límites de nuestra mente es válido para el conjunto de la realidad, natural y sobrenatural, pero ante todo respecto al abismo de Dios. Por eso me gustaría terminar con algunas palabras de San Buenaventura:
En el Itinerarium mentis in Deum se preguntaba a quién debíamos dirigir las grandes preguntas. Y respondía:
“No a la luz, sino al fuego que todo inflama y transporta [...] Ese fuego es Dios, cuyo fogón está en Jerusalén, y Cristo lo enciende con el fervor de su muy ardiente pasión” (It. VII, 6).
Y al final de su estudio sobre la ciencia de Cristo sostenía que, en este camino, “las negaciones son más apropiadas que las afirmaciones, los superlativos más apropiados que las afirmaciones positivas. Para experimentarlo, contribuye más el silencio interior que la palabra. En este punto, por tanto, debe terminar nuestro discurso y es mejor orar al Señor, para que nos dé la experiencia de la que hablamos” (De Sc. Chti. VII, d.C. ob 21).
Entonces los invitaría a hacer precisamente eso: pidamos este don en un momento de silencio.
Víctor Card. Fernández
Prefecto

Comentarios